Carlos Molina - El fácil desliz de la razón a la sinrazón

En mi artículo tras-anterior me refería al papel que corresponde a las élites ilustradas en el proceso de cambio sociocultural. Ahora quiero señalar algunas distorsiones que suelen pervertir esta participación. No planteo estas observaciones críticas con el propósito de desacreditar su aporte, sino más bien para potenciarlo. Mi intención es que obren como una especie de vacunación previsoria contra males enmascarados que suelen malograr el proceso.

El primero de ellos deriva de un hecho inevitable: los sectores capaces de sustentar y propulsar opiniones esclarecidas, también tienen sus intereses propios. Si no se presta la debida atención a dicho aspecto, si se le deja operar en las sombras, éste puede tergiversar el sentido del proceso, que podría acabar convertido en una sórdida reivindicación de esos intereses.

Se sabe de ayudas de la ONU durante las hambrunas africanas, en que el monto de la ayuda misma ha sido de alrededor de un 30% de la suma invertida; mientras que el restante 70% ha correspondido al pago y gastos del personal a cargo de las operaciones. Por eso, cuando se incrementan los programas de asistencia e inversión estatal, habría que saber discernir quién resulta el principal beneficiario: si la población-meta o el personal burocrático que administra estos programas.

Por otra parte, el enfrentamiento discursivo y, sobre todo, la confrontación movilizadora entre estas posiciones esclarecidas y las tradicionales, podría inducir a las primeras a perder sus ventajas auténticas; es decir, su apertura mental, espíritu crítico, sustento cognoscitivo. Si ellas acaban dogmatizándose, el enfrentamiento planteado pierde su sentido. Porque lo que empezó como una lucha entre lo promisorio y lo caduco, termina siendo una contienda entre la ceguera y la voluntad de no ver. Llega así el momento en que al prejuicio enquistado en las rutinas sociales, en las actitudes maquinales, se opone otro prejuicio, basado en la altanería intelectual, la certeza intransigente, el abordaje iracundo. Una vez alcanzado este punto, ninguno de los contendientes tiene razón.

Por último, otro problema, muy propio ante todo de los académicos militantes, es comportarse como si el conocimiento teórico de los asuntos fuera suficiente para su abordaje práctico. Con gran soberbia –y también ingenuidad- actúan como si su aporte (de gran relevancia, por cierto) bastara para resolver todas las dificultades. Desde su olimpo lanzan desaprobaciones y descalificaciones, formulan propuestas que no incluyen un ingrediente esencial: el saber-hacer de quienes están en plena cancha, no en las graderías intelectuales contemplando el partido.

Al actuar de este modo despilfarran la posibilidad de brindar una contribución sustancial; en vez de ello, se dedican a generar dificultades y entorpecimientos superfluos.           

upload.jpg