Reencontrarnos con el sentido humano de la Navidad - Giovanni Tobar

Es difícil precisar cuándo comenzó a celebrarse la Navidad tal como la conocemos hoy día, más allá de las costumbres, mitos y leyendas que se sumaron a lo largo de los siglos en muchos países, la celebración del nacimiento del Jesús Cristo representa una de las fechas más emblemáticas en la fe cristiana.

Aun cuando se celebre el nacimiento del hijo de Dios, muchos preferimos ver a Jesucristo como un ser humano sumamente especial, lejos de esa deidad que le hace ver alguien sobrenatural lejos del alcance  terrenal,  en lo personal considero que verlo como prójimo pone aun en mayor perspectiva el valor de la persona que partió la historia en el antes y en el después de su nacimiento.

La Navidad ha sido representada de diferentes maneras a través del tiempo, desde el primitivo arte cristiano y la iconografía bizantina, pasando por los lienzos de los artistas del Renacimiento hasta llegar a San Francisco de Asís, fundador de la orden Franciscana quién en 1223 a su regreso de una peregrinación por Tierra Santa, obtuvo del Papa Honorio III el permiso para celebrar la Navidad de una forma diferente, construyendo un nacimiento en el que aparecían las figuras de José, María, los pastores, así como un asno y un buey resguardando el nacimiento del redentor.

A esta estampa el tiempo y su contexto han ido sumando más elementos, como el árbol, las esferas plásticas, las luces de color, la imagen de don Nicolás y con ella la de los regalos lo cual ha ido alejando esta fecha cada vez más de su verdadero sentido.  Esta era que vivimos, determinada en gran medida por la compra irresponsable de cosas que regularmente no necesitamos ha replanteado el paradigma de la reflexión propia de la época por la filosofía del consumo y la deuda, a tal punto que año con año la celebración inicia más temprano y en años recientes  venimos celebrando la Navidad desde octubre, desbordados por las famosas “ofertas” que al final no resultan ser más que estafas de los comercios.

El mundo occidental convirtió esta como otras fechas emblemáticas de la historia en un simple motivo más para consumir, gastar y endeudarse irresponsablemente bautizando a los centros comerciales como nuevos templos de la fe, y los maniquís en las figuras de contemplación y veneración que mueven la voluntad humana a empeñar buena parte de su presente o de su futuro en la compra de cosas.

Esta era del mercado que ha convertido a las personas en clientes, en estadísticas de venta, en simples objetos de consumo, me hace recordar alguno de los pocos actos de irritación del buen Jesús que  describe la biblia  en San Juan 2:16, cuando en las afueras de un templo haya vendedores y con un azote de cuerdas los echa a todos,  “Quitad esto de aquí, no hagáis de la casa de mi padre un mercado”.

Dos mil años después, toda la tierra está convertida en un gran mercado, la fe, los ideales y los valores se han puesto a la venta, el mercado ha llegado a las escuelas, la política, a las universidades e incluso a algunas iglesias, en las cuales se venden milagros a cambio de jugosos diezmos, chompipes, celulares o terrenos, en fin en esta era del mercado todo es compra-venta.

Y es en medio de este torbellino de ofertas, redes sociales y acoso comercial que necesitamos hacer un detente y reencontremos con el verdadero significado de esta celebración,  volver  a lo sencillo, a lo fraterno, a lo familiar, a lo solidario, invocando la pureza de los grandes ideales del Cristo, quién nos heredó la ciencia del amor al prójimo como método para la convivencia social y pacífica de toda la humanidad.  ¡Que pasen una muy feliz Navidad...!

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Ignacio EspañaComentario